La Cábala es esa vertiente de la tradición mística
del pueblo judío que surgió en Provenza en el siglo XII, fruto de los
incesantes conflictos religiosos que azotaron el occidente cristiano durante el siglo XI, entre los que destaca el
catarismo.
A diferencia de la mística cristiana y musulmana que
pretende llegar a la unión con la divinidad a través de la vía ascética, la
Cábala se propone sobretodo alcanzar un conocimiento de Dios lo más aproximado
posible. Su estudio se centra en la creación y todo cuanto le rodea, como punto
de partida de quien se nos revela a través de sus obras. Pero esta investigación no se fundamenta en la observación del mundo
físico, sino en el estudio de la Ley (la Torá) en su doble variante: la externa
y la interna, o si se prefiere, como un hecho exotérico y esotérico.
Dios creó el mundo con la palabra y las letras del
alfabeto que son vistas como elementos espirituales de la creación. Así el
nombre de Dios representa la totalidad de las posibilidades manifestadas. La
mayor preocupación de los cabalistas fue la de explicar el proceso de
revelación de Dios y para ello desarrollaron la teoría de las sefirot, la
emanaciones divinas.
Estas emanaciones se entienden como grados de la
creación y son designadas según los atributos a través de los cuales Dios actúa
en el mundo, sin embargo no pueden ser entendidas como entes independientes,
sino como fuerzas integradas en una sola.
El punto de
partida es el En Sof, lo infinito.
Este concepto fue definido como lo inaccesible al pensamiento. La creación del
mundo, es decir, la transformación de la Nada en materia, es algo que ocurre
dentro de Dios mismo. El primer paso de esta transformación es el brotar de la
luz suprema que convierte el En Sof
en Ain, la Nada, que es la primera
emanación divina o Sefirah. Dios crea
mediante la palabra, acto que supone la materialización de lo que ya existía en
forma de pensamiento en el seno de la Sabiduría Divina.
Hasta aquí se
han exprimido las tres primeras sifirot: Keter (Corona), que el Zóhar denomina
Rason (Voluntad), símbolo del En Sof
trasformado en Ain, de ella parten Binah (inteligencia) y Hokman (sabiduría, atributos femeninos y
masculinos respectivamente. Entre estas dos últimas suele representarse Da’at
(Conocimiento), aunque no se considera de hecho una emanación, sino que
representa un punto intermedio entre ambas.
De ellas surgen
Gevurah (Rigor, llamada también Din (Juicio) y su opuesta Hessed (Clemencia); por debajo de ellas
están Hod (Majestad) y Nesah
(Duración), Rahamim (Misericordia),
llamada también Tif’eret (Belleza)
ocupa un lugar central, en el que se unen todas ellas. Por debajo de ellas está
Yesod (Fundamento)o base de las
fuerzas activas de la divinidad, denominada también Saddiq (Justo). La última emanación es Malkut (Reino), símbolo de la Comunidad de Israel, e identificada
con Sekinah, la Divina Presencia, con
la que se establece el vínculo con el mundo[1].
Como en toda transmisión o tradición espiritual, el
núcleo interno de la Cábala no puede enseñarse intelectualmente porque sólo
cabe interiorizarla, experimentarla y hacer de ello una forma de vida. De
hecho, muchos cabalistas explican que la Cábala no se aprende sino que se
recuerda dado que, en esencia, se trata de recuperar el estado de intimidad con
Dios que poseía la Humanidad o el Hombre arquetípico (Adán) en el Paraíso antes
de la Caída. El núcleo más interno de la enseñanza se simboliza en la
transmisión del Nombre secreto de Dios como la más alta y comprensible
manifestación de la divinidad. Más allá de ello, la experiencia es inefable, no
verbal, y no puede ser comunicada o enseñada sino vivida y experimentada[2].
A partir de
esta definición en la que podemos destacar la dualidad hombre-Dios deducimos la
existencia de la separación de ambos y el deseo humano de restablecer la
antigua unión. El conflicto por aportar luz a la dualidad entre el mundo
inteligible y el mundo sensible se repite a lo largo del pensamiento conocido
con el nombre de “Filosofía Perenne” que engloba múltiples tradiciones
filosóficas, místicas e iniciáticas.
Debemos tener
presente que ambos mundos están religados, puesto que de lo contrario el uno no
tendría conciencia de la existencia del otro. Henry Corbin definió como “Mundus
Imaginalis” esa realidad intermedia que reúne lo sensible y lo inteligible, a
Dios y el hombre.
En este mundo
intermedio es donde lo espiritual se representa e imagina, y lo material se
espiritualiza. En el “Mundus Imaginalis”
lo simbólico es el mediador por excelencia y el símbolo la
representación sensible de la realidad inteligible que salva la escisión de
ambos mundos, el de arriba y el de abajo.
El Zohar o
Libro del Esplendor, que es un extenso comentario al Pentateuco y a la Torah
nos dice que todas las cosas son desde la perspectiva de quien las recibe,
“todo esto se dice desde nuestro punto de vista, y todo es relativo a nuestro
conocimiento”.
Efectivamente,
“el símbolo traduce, interpreta y representa lo espiritual en función de una
conciencia, por tanto es un elemento funcional siempre en relación con la
persona que lo vive, experimenta e interpreta”[3].
En este sentido
la Cábala y su Árbol Sefirótico también son simbólicos y habitan en el “Mundus
Imaginalis”. Los sefirots son la manifestación de Dios que permiten la
mediación entre Él y el mundo. Su función es dar respuesta al problema de la
mediación entre lo sensible y lo inteligible.
El Árbol
Sefirótico también establece una cadena entre el arriba y el abajo con el
propósito final que el cabalista o místico
pueda alcanzar la visión del “rostro de Dios”, Conocer “el nombre de Dios” y
gozar de su presencia.
“En todo caso la contemplación de Dios es
considerada una experiencia renovadora y radical que mata al hombre viejo y lo
transforma en hombre nuevo[4]”.
El símbolo es
la representación sensible de una realidad inteligible.
El símbolo se
encuentra en una realidad intermedia entre lo puramente sensible y lo puramente
inteligible. En esta zona lo espiritual se representa e imagina y lo sensible
se espiritualiza. La experiencia simbólica tiene lugar cuando el contenido
interiorizado conecta o guarda relación con aquel que intenta asumirlo.
El símbolo es
inagotable puesto que es asumido por cada intérprete que intenta desvelarlo y
este lo hará en función de sus conocimientos y conciencia.
Lo simbólico es
lo mediador por excelencia, lo que religa el ámbito inteligible y el sensible, lo
de arriba y lo de abajo, es lo que permite que lo intangible llegue hasta lo
material y sensible.
Lo simbólico
salva la escisión entre lo sensible y lo inteligible.
El símbolo
traduce, interpreta y representa lo
espiritual en función de una conciencia, por tanto es un elemento funcional
siempre en relación con la persona que lo vive, experimenta e interpreta.
Dios creó el
mundo con la palabra, y las letras del alfabeto que son vistas como elementos
espirituales de la creación. Así el nombre de Dios representa la totalidad de
las posibilidades manifestadas. La mayor preocupación de los cabalistas fue la
de explicar el proceso de revelación de Dios y por eso desarrollaron la teoría
de las sefirot, la emanaciones
divinas.
Las sefirots
son la manifestación de Dios, el proceso por el que este se despliega y se da a
conocer. Puesto que Dios es incognoscible las sefirots son los símbolos que
permiten la mediación entre Él y el mundo. Por tanto la función de la Sefira es
dar respuesta al problema de la
mediación de lo inteligible y lo sensible. El Árbol Sefirótico establece una
cadena entre el Arriba y el Abajo en que las tres primeras esferas representan
el proceso de la génesis de lo inteligible y su movimiento, la triada siguiente, denominada (Pequeño Rostro) es a
su vez una mediadora por la que el Gran Rostro empieza a manifestarse. Si la
segunda triada es la manifestación simbólica de la primera,
la tercera lo es de la segunda. Siendo la última esfera Malkut la culminación
del proceso de manifestación de lo divino[5].






